Estimado Párroco de La Resurrección.
En la hoja parroquial
resurreccn INFORMACIONES
del domingo, día 2 de noviembre,
viene un artículo, firmado por ti, con el título:
CREER SIN PERTENECER, ¿CRISTIANOS
“POR LIBRE”?
Se supone que ese texto se publica para que sea lea y se reflexione sobre
él. Pues bien, yo lo leí y reflexioné sobre las ideas que intenta impartir. Lo que no es
si se contempla la posibilidad de que cada cual exponga el fruto de sus reflexiones. Desde
hace mucho tiempo, en nuestra Iglesia no se acostumbra a escuchar la opinión de aquellos
a quienes se denomina “laicos o “seglares”. En esta institución, esencialmente autoritaria,
la comunicación fluye siempre de arriba hacia abajo, nunca a la inversa. Parece que hay
signos de cambiar algo esto. Aunque en el reciente
Sínodo sobre la Familia
no se permit
la participación del laicado, previamente se le invitó a expresar sus opiniones en un
cuestionario sobre el tema. Bueno es que se empiecen a dar pasos en esa dirección, aunque
sea con 17 siglos de retraso. Pero dado que el proceso de normalización en ese sentido puede
durar aún bastantes siglos, yo no puedo esperar tanto tiempo para hablar libremente, y
ahora expongo mi opinión sobre tu artículo.
Me siento interpelado por lo de «
Cristianos “por libre
», pues me honro de pertenecer al
tipo de personas que creen en Dios y en Jesucristo pero no en sus representantes en la Tierra,
en los que se autoerigieron en sus representantes en la Tierra. Y haciendo eso soy real-
mente un seguidor de Jesús de Nazaret, pues él era un judío “por libre”, que no valoraba
mucho a los que se autoerigían en maestros en materia religiosa, a quienes calificaba
despectivamente como “ciegos que conducen a otros ciegos”. El Magisterio de la Iglesia
no me merece mejor calificación.
Aparentemente, tu texto pretende tomar partido a favor de la comunidad ante un pretendido
auge del individualismo. Si realmente fuese eso no habría nada que objetar. Pero ese
posicionamiento es sólo una apariencia. Basta leer el artículo para comprender que de lo
que se trata es de defender y reforzar los mecanismos institucionales que hacen que
nuestro colectivo eclesial no sea realmente la comunidad de los seguidores de Jesús, una
comunidad de iguales. Me refiero, concretamente a: el dogma, el culto y la jerarquía, las
tres lacras del cristianismo.
Empecemos por el dogma. Es la herencia de siglos de ignorancia. Jes no proclamó ningún
dogma. El núcleo de su enseñanza es la paternidad de Dios sobre toda la humanidad, lo
cual no es un dogma sino una Buena Noticia, y la proclamación del Reino de los Cielos,
que es un proyecto a realizar. Los credos y dogmas son un cuerpo extraño en la trans-
misión del mensaje evangélico que la Iglesia debe realizar. Jesús quería la unidad de las
personas dedicadas a la proclamación y realización de su Reino, y las iglesias y sectas
cristianas, incluida la nuestra, se dedican a crear artificialmente motivos de ruptura y separa-
ción. Jesús se identificaba con el Buen Pastor que sale a buscar a una oveja perdida,
pero los que se dicen seguidores suyos expulsan ovejas del rebo por discrepancias teoló-
gicas y pronuncian excomuniones; generan dogmas y credos que contribuyen a crear
divisiones entre los creyentes. Cada nuevo dogma genera una nueva ruptura, y el caso
es que, por lo general, el contenido de los dogmas, además de problemático (como los
dogmas cristológicos), y muchas veces absurdo (como el doma del Θεοτόκος –Madre
de Dios- y el de la infalibilidad papal), en todo caso es casi siempre innecesario (como
los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción). Un credo es un mbolo de
unión entre los que lo comparten, pero un elemento excluyente de los disidentes. Pero el
problema no es el contenido mismo del dogma, sea verdadero o falso; lo horrible del dog-
matismo es el dogmatismo mismo, la pretendida obligación de creer lo que los dogmas
dicen, el hecho de que se divida o clasifique a los cristianos en función de unas creencias,
como si el cristianismo fuese una ortodoxia. El seguimiento de Jesús no es una ortodoxia
sino una ortopraxis; él no vino al mundo para que los hombres tengan unas creencias
concretas sino para que tengan una manera de actuar concreta:
Tuve hambre y me disteis
de comer….
etc
. Al final se nos pedirá cuenta de nuestros actos, no de nuestras creencias,
ni de la religión que practicamos, ni si rezamos mucho o poco. Todo eso tiene importancia
sólo en función de que nos estimule a actuar en orden a la construcción del Reino de
Dios y su justicia. En este sentido la lacra del dogmatismo es un obstáculo en el caminar
hacia ese Reino. Los resultados de la división por motivos dogmáticos son abundantes y
elocuentes en la historia: excomuniones, leyes y condenas, cismas, guerras de religión
pero tenemos un ejemplo reciente en nuestra región y ocurrido el mismo día de la apari-
ción de tu hoja parroquial: la bochornosa conducta del arzobispo de Oviedo prohibiendo
a miembros de la Iglesia Anglicana la celebración de un acto religioso en la capilla de
un cementerio de esa ciudad. Una interpretación muy particular del ecumenismo.
La definición de cada dogma suele ir acompañada de una coletilla que dice:
Por tanto, si
alguno -¡Dios no lo quiera!- osase negar o poner en duda voluntariamente lo que aquí ha
sido definido por nosotros, sepa que ha naufragado en la fe y se ha separado de la unidad
de la Iglesia
. Esta manera de hablar está saturada de petulancia. Los que ase expresan
están imbuídos de la idea de que tienen derecho a decidir lo que la gente debe creer y a
excomulgar y expulsar del rebaño a quien no se somete a aceptar las particulares elucubra
-
ciones teológicas que proclaman. Quienes realmente se separan de la comunidad de los
seguidores de Jesús no son los que tienen tales o tales creencias sino los que actúan en
contra del
m
andato del amor al prójimo, y aún en este caso no se deben i
m
partir exco
m
u
-
niones. Se debe condenar la violencia, la injusticia, la corrupción… pero los violentos,
los injustos y los corruptos son personas que deben ser salvadas, son la oveja perdida
que el Buen Pastor sale a buscar. Jesús vino a por toda esa gente, y por todos nosotros,
pues como él decía:
Son los enfermos, no los sanos, los que necesitan al médico
.
Y ahora hablemos del culto, la liturgia, las ceremonias… Su funcn es la de ser símbolos,
no son un fin en mismos. La participación en el culto debería ser expresión del com-
promiso de los participantes con la tarea de trabajar por la implantación del Reino de
Dios que Jesús proclamaba. La Iglesia misma es un instrumento para ese objetivo, no un
fin en misma. Pero en la práctica los ritos o cultos han devenido una rutina cuya
realización constituye por misma el cumplimiento de un precepto, y esa realización
cultual es vista como la finalidad de la Iglesia y la justificación de su existencia. Las
parroquias en vez de comunidades comprometidas con la tarea del Reino son dispensarios
de servicios religiosos. Mucha gente asiste a los templos sólo para la celebración de
unas ceremonias que se han convertido en una costumbre social: matrimonios, bautizos,
primera comunión, funerales… Otras muchas personas incluso se sienten obligadas a
asistir a la
m
isa do
m
inical, y asistiendo se consideran justificadas hasta el domingo siguiente,
sin comprender que la participación en ese culto significa un compromiso y estímulo
para luchar durante la semana por construir un mundo mejor. De hecho, a las personas
que asisten a esos cultos no se las ve luego en las movilizaciones y luchas sociales contra
el injusto sistema potico y social que “disfrutamos” (seguramente están rezando el rosario
en ese momento). Y, por el contrario, personas que sí participan en esas batallas no
suelen pisar la Iglesia. Viendo eso, uno no puede menos que recordar aquella parábola
de Jesús sobre los dos hermanos a quienes su padre mandó ir a trabajar a la viña.
Por otra parte, algunas de las ceremonias y gestos que se practican en el culto de la
eucaristía no reflejan el sentido que Jesús le quiso dar a ese símbolo. La recitación del
Credo durante la misa es el cumplimiento de un decreto del emperador Constatino, en el
siglo IV, y no una respuesta al mandato de Jesús de celebrar la Cena muchas veces en
recuerdo suyo. Fue precisamente en esa Cena cuando el Maestro Jesús pidió que todos
fuésemos uno, y en cambio el Credo es un factor de sectarismo y discordia. Por otra parte,
el tener que desfilar en procesión para ir a comulgar no refleja, sino que contradice, el
carácter de ágape que ese acto tiene en su origen. Parece que la comisiones de liturgia
de las parroquias no afinan mucho en esos aspectos. Las homilías en
La Resurrección
son
bastante mejores que en otras muchas parroquias, pero son tan poco participativas o de
tan nula participación– como en todas las demás. Tampoco se comprende el significado
de esos gestos de inclinación de cabeza que hacen, en direccn al altar, los que salen a leer
cosas durante la misa. ¿Ante qué se supone que se inclinan? Jesús decía que cuando dos
o más se reunían en su nombre, allí estaba él en medio de ellos. Y un canto de entrada
que a menudo se entona en ese templo dice:
El Señor nos llama y nos reune…. Él está en
medio de nosotros…
O sea que, aunque Jesús está en medio de la asamblea, los lectores
de la liturgia despreciando a la asamblea, le dan la espalda, y se inclinan ante el presbiterio
que es símbolo de la cátedra, del magisterio, de la jerarquía, la autoridad… toda una
serie de cosas que significan poder, un poder que no tiene una base evangélica, que es el
resultado de un putsch eclesial que comen en el siglo IV y aún perdura. Como es sabido,
en los primeros siglos de nuestra Era, los lugares de reunión de los cristianos carecían
de algo parecido al presbiterio, y la comunidad todavía era una asamblea de iguales. Fue
a partir del emperador Constantino cuando el culto cristiano empezó a celebrarse en
basílicas. La basílica romana era un lugar de culto, religioso y civil, los templos paganos,
el salón del trono imperial o de otros magistrados, los tribunales de justicia… todos ellos
tenían la forma y esquema basilical, con su correspondiente exedra o ábside: altar
pagano, trono imperial, cátedra del juezEl cristianismo asumió ese esquema basilical,
y sitel pres-biterio en la exedra, a la vez que se hacía jerárquico y empezó a adorar el
poder. La dedicacn de la balica de Letrán, que se celebra precisamente hoy, cuando
escribo estas líneas, fue sin duda un fecha importante para la Iglesia, para la Iglesia-
institución, pero una fecha nefasta para el cristianismo, para la asamblea de los
seguidores de Jesús. Esa fecha, en la época de Constantino, marca el inicio del maridaje, o
prostitución, de la Iglesia con el poder político. No es necesario que entre en detalles pues
seguro que conoces bien la historia de los últimos 17 siglos. Aquí sólo me interesa
subrayar que fue entonces cuando la Iglesia comenzó a hacerse ritualista, dogmática y
jerárquica.
Y esto nos lleva a tratar la tercera lacra: la jerarquía eclesial. Tuvo una génesis tan des-
graciada como el dogmatismo y el ritualismo. La cuestión no es si también tuvo su comien-
zo en el siglo IV o si ya se vea gestando de antes. Lo cierto es que la
ecclesia
o asamblea
de los seguidores de Jes poco a poco fue dejando de ser una comunidad de iguales hasta
dotarse de un entramado jerárquico impresionante, un verdadero escalafón profesional,
un estamento con poder, ambición de poder y luchas por el poder, hasta culminar en la
actual aberración: un clero profesional a las órdenes de un obispo de Roma con un poder
absoluto y pretensiones de infalibilidad, pero controlado y secuestrado por la mafia de
la curia vaticana que sólo se representa a misma y no tiene ninguna legitimidad para
dirigir la institución. Con este sistema eclesial se da la paradoja de que, actualmente, en
la sociedad, a pesar de todas las limitaciones y frustraciones de la democracia en nuestro
sistema político, tenemos más derechos como ciudadanos de los que tenemos como
miembros de la Iglesia. En esta institución sus miembros no tienen ningún derecho a
decidir: el papa es elegido por unas decenas de cardenales nombrados por su predecesor,
él, o la curia en su nombre, designa a todos los obispos del orbe, y estos nombran a los
párrocos de su diócesis, los cuales son el poder fáctico en su parroquia. Los consejos
parroquiales, donde existen, son un mero apéndice del párroco y están sometidos a sus
disposiciones. Todo ese clero está separado o segregado del resto de la comunidad por
una especie de consagración a la que llaman sacramento del orden” que monopoliza el
derecho a consagrar, predicar, enseñar… Un estamento eclesial en el que nunca pensó
Jesús, entre otras cosas porque él tampoco estableció ninguna iglesia. Él lo proclamó
el mensaje del Reino de Dios y convocó a sus seguidores a proseguir la tarea. Éstos
tenían todo el derecho del mundo a organizarse en una
ecclesia
o asamblea. El problema es
que esa comunidad degeneró enormemente a lo largo de 20 siglos. Por limitarme a nuestro
país en la época contemporánea, cabe recordar que durante cuatro décadas intervenía
decisivamente en la elección de los obispos españoles el dictador fascista que gobernó
hasta 1975. Y durante las últimas décadas el factor decisivo para ser nombrado obispo
en este país era ser propuesto por monseñor Rouco Varela. Fue ese vicepapa quien eligió
para dirigir nuestra diócesis asturiana los dos últimos obispos, unos individuos tan
nefastos como él mismo.
Es curioso que en el artículo de tu hoja parroquial, en vez de criticar a ese personal tan
poco recomendable, te dediques a criticar, a título de “invidualismo”, a los cristianos que
quieren ejercer su legítima autonomía religiosa utilizando los rendimientos de su razón,
que es el don más valioso que Dios proporcionó a los humanos. Cuando se abdica de la
capacidad de raciocinio para someterse a la enseñanza del Magisterio Eclesial, ocurren
cosas como lanzarse a las cruzadas al grito de
¡Deus Volt!
(Dios lo quiere) para ir a matar
infieles en Tierra Santa. Cuando se asume acríticamente la doctrina de la jerarqa eclesial
se aceptan cosas como la “Santa Inquisicn” y se denuncia a los infelices hebreos o moris-
cos que quieren seguir practicando en secreto su religión. Cuando se deja que sean los
obispos los que dirijan las conciencias se hacen cosas como lanzarse a apoyar la rebelión
franquista matando rojos y republicanos en la “gloriosa cruzada” de 1936. Cuando se acepta
que el papa es infalible se acaba recibiendo sin reparos las condenas al comunismo de
varios papas del siglo XX y su apoyo tácito al sistema capitalista. Cuando se consideran
indiscutibles las disposiciones que vienen del Vaticano se guarda culpable silencio ante
la represión y sofocamiento de la
Teología de la Liberación
por parte de la
Congregación
para la Doctrina de la Fe
y la sangrienta aniquilación de sus figuras preeminentes por
parte del imperialismo. Cuando se le reconoce al papado los poderes que se autoatribuye
para beatificar y canonizar se acaba admitiendo como santos a sujetos tan indignos como
Pío IX, José María Escrivá de Balaguer o Karol Woytiła. Cuando se considera que los
obispos españoles y su Conferencia Episcopal son guías espirituales se acaba votando a
unos corruPPtos e incomPPetentes para gobernar en este país. Cuando se considera al
obispo de la diócesis una autoridad moral se acaba asumiendo que hay que pasar por el
confesionario si no se opina como él sobre la cuestion catalana. Personalmente, me niego
a aceptar tal tipo de autoridad religiosa. Mi referente religioso no es ninguna jerarquía ni
ningún magisterio eclesial, sino el Evangelio. Seguramente a esta manera de ser se le
puede denominar “cristiano por libre”. En realidad me gusta mucho ese título y lo
adopto desde ahora. Lo que no soy es individualista” sino justamente todo lo contrario.
Soy un entusiasta de la comunidad, de la verdadera comunidad, en la Iglesia y en la
sociedad: una Iglesia de iguales y una sociedad comunista.
Disculpa si algo de lo expresado en este escrito resulta molesto. No hay ninguna animo-
sidad contra tu persona sino contra el sistema eclesial en su conjunto. Exceptuando las
discrepancias que indiqsobre algunos aspectos litúrgicos (que son generales a todas
las parroquias y no específicos de
La Resurrección
) todo lo demás en esta parroquia me
parece perfecto: las homilías,
Cáritas
y demás servicios parroquiales, y sobre todo tu
dedicación al servicio de la comunidad. El malestar que se refleja en mi escrito es produ-
cido por esta Iglesia autoritaria, clasista y machista y por esta sociedad burguesa, capita-
lista y corrupta. Y el caso es que en el artículo de la hoja parroquial que comentamos
veo un claro posicionamiento a favor de las tres famosas lacras que tanto apartan a la
comunidad eclesial del espíritu de Jesús.
Cordialmente te saluda,
Faustino Castaño.